Otoño

Una bandera clara hondea suavemente el fino viento cálido, colgada a más de 2000 metros del fondo del valle. Un mástil de madera, ya viejo, sostiene su cuerpo rasgado,  tratado por los  duros inviernos y los metros de nieve y hielo, por el sol cegador y el calor  asfixiante.

Pero ella hondea sola, hondea libre, mecida por las brisas se deja llevar, en cierto modo  esclava del aire pirenaico del otoño. Sólo los pájaros se atreven a mirarla desde  su misma altura, el resto
debemos tratar de observarla desde abajo, con el cuello apuntando muy alto y los pies aún en el
fondo del valle.
Los botes de nocilla se acumulan en la esquina de nuestro pequeño salón, uno sucede al siguiente y creo que sueñan con llegar a rozar algún día el techo. Debo de estar compuesto por esta sustancia casi mágica y maldita al mismo tiempo, con un castillo de envases en sólo un mes y medio ensuciando este antaño precioso salón. Intento que esa energía me acompañe durante mis
incursiones por el Pirineo, con una pierna recién estrenada, tras un mes sin realizar mi actividad
básica y vital, también conocido como correr y ganas de saludar nuevamente a estas preciosas
cimas.
Luces agudas estallan con fuerza frías, contra el cordal que observamos. La arista que vive detrás
nuestro mira impetérrita y casi doliente el oscuro desvanecimiento del sol y cómo nosotros,
insignificantemente nos sumimos en la oscuridad del horizonte.  Soles calurosos y lunas frías
acompañan nuestras miradas elevadas que ahogan la melancolía en formas que raspan el cielo,
como rasgando el tejido de los sueños.
Subo rápido, con la vista fija en un trozo tejido de blanco sobre una gran roca. Ella se ríe de mí,
viviendo tan alta y tan ligada a las esperanzas; yo tan minúsculo para vivir con ella, me conformo
con llegar a tocarla, aunque sea sólo un instante, una vez, que me deje volver abajo, a rozar el suelo y el temido asfalto, mi saco caliente, mi papel con unas líneas escritas tímidas la noche pasada y mis pies descalzos sobre la hierba húmeda.
Aristas afiladas defienden su estrecha cima, como si a un gran castillo quisiera semejarse. Mis
zapatillas muerden la roca, resbalan y suenan cuando consiguen fijarse en una laja. Las piedras caen sonoras y solitarias hacia ambos abismos, mi corazón palpita fuerte y mi boca exala la tensión en un solo suspiro.
Corro en la divisoria entre la esperanza y la muerte, corro por encima de las nubes y los hechos,
ágil, volando entre el viento como un pájaro, viviendo el el terreno de los sueños, en el lugar de las
cimas, en la imaginación de un niño.
Me aferro a uno y otro saliente, salto una placa y resbalo y una pedrera, pienso en estar por encima
del propio concepto de correr y más en la idea de flotar por las montañas en cada zancada.
Un ciervo me estornuda mientras trepo o eso intento por una canal pedregosa que trata de lazárme al averno. Nos miramos asombrados, yo por acabar de descubrir que él sabe estornudar y él por saber qué hago yo subiendo a esa cima, sólo, semidesnudo y a la hora de comer, si hoy es día laborable.

Subida a arista entre Garmo Negro y Punta de Pondiellos (2) Subida a Garmo Negro (1)_Marmolera e Ibones de Pondiellos Subida a Garmo Negro (7)  Foratata Alba (18) Foratata Alba 2 (1) Foratata Alba 2 (7) Foratata Alba 2 (16) Alba Villanúa (2) Alto de la Rapeda (3) Argibiela Aspe (6) Aspe (13) Boca del Infierno y Guarrinza (7) Boca del Infierno y Guarrinza (10) Docu Soria (5) Garmo Negro-Foratata (13) Garmo Negro-Foratata (20) Ibón de Estanés (2) Ibón de Estanés (15) IMG_9193 IMG-20141016-WA0001 IMG-20141016-WA0002 Pic des Moines (1) Pic des Moines (8) Pic des Moines (11) Rioseta (5) Rioseta (7) Rioseta (12) Rioseta (13) Txamantxoia (2) Txamantxoia (12) Txamantxoia (18) Txamantxoia (30) Txamantxoia (42) Txamantxoia (52)

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