Un último paso

Hay veces en las que todo se desvanece en una décima de segundo sin saber porqué. Hay veces en las que de repente estás cayendo en un agujero profundo que no habías ni siquiera contemplado como posibilidad. El pasado fin de semana, centenares de corredores nos preparábamos y soñábamos con disputar el Trail RAE, en Otañes, Cantabria. Para algunos una carrera más, para otros una prueba importante de la Copa de España y para otros un día para disfrutar del ambiente y el recorrido que se respiraba durante todo el fin de semana. Pero las cosas se pueden torcer hasta romperse de la forma más inesperada y trágica.

A poco más de un kilómetro de la meta, un corredor de la selección balear y yo corremos rápido buscando llegar a meta lo antes posible, recuperar una posición o aguantar la que llevamos hasta ese momento. Las curvas del sendero se suceden y los ríos que cruzamos con un par de saltos son poco profundos y nos mojan suavemente los pies. Ya está todo prácticamente terminado, una carrera variada de media montaña, con subidas fuertes y sendas muy correderas, con barro, agua y sol. Con prados verdes y vacas que nos miran curiosas cuando pasamos con el rostro desencajado a su alrededor. Ya hemos pasado el cartel indicador del kilómetro 33, el último para alcanzar la llegada y giramos tímidamente hacia la izquierda para afrontar un llano por el barranco boscoso por el que corremos. Un corredor está parado en la margen derecha del sendero, agachado, mientras otro yace en el suelo, con el rostro pegado al barro. Paramos sin pensarlo, los tres estamos indefensos, asustados e hiperactivos por la situación. Se escucha el gemido de sus pulmones sin poder coger aire, sin poder devolverse a la realidad. Lo comenzamos a poder de lado, por inercia, por instinto, tratando de que no se ahogue con el barro que está justo enfrente de donde ha caído, no sabemos si es un golpeo o una caída. En un segundo nos organizamos y dejamos a un corredor con él y los otros dos salimos volando a pedir ayuda. Siempre será el kilómetro más largo de nuestras vidas hasta que conseguimos llegar a los primeros voluntarios con radio-comunicación que enseguida avisan y corren en busca de la víctima. Estamos en shock y sólo gritamos en busca de ayuda, de más voluntarios, de alguien que pueda socorrerlo. En un minuto llegamos a una zona controlada por la organización para el paso del último río antes de meta y todo el mundo que está allí comienza a movilizarse para llegar hasta él. La situación es surrealista y nadie podemos creer que esté pasando algo así.

Algunos minutos después y con toda la organización en movimiento cruzamos la meta, entre una sensación de vacío total, de irrealidad, como seres profundamente vulnerables. En la meta no paran de sucederse los dispositivos de ayuda médica y rescate hacia la zona donde permanece el corredor. El ambiente es contrariado entre los corredores, felices por haber terminado, por el número que acompaña a su nombre en una hoja clavada en un corcho o por el rendimiento de sus músculos en una mañana soleada en la que otro compañero estaba luchando con todas sus fuerzas por la carrera más importante de su vida.

Muchas voces se han alzado a raíz de este suceso, polémicas o conciliadoras, voces que hablan de un adiós y voces que hablan de papeles oficiales. Voces que despiertan y voces que apagan mundos. Voces que inspiran y voces que viven.

Un compañero más se apago mientras daba las últimas zancadas de la que sería su última carrera, su última salida, su última mañana calzándose unas zapatillas. Descansa para siempre Javier, luchaste hasta el final.

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